Te levantas por la mañana, vas al baño y te miras al espejo, te mesas el pelo, revuelto de toda la noche. Enciendes la radio y chasqueas la lengua al oír las últimas propuestas económicas. Entras en la ducha y piensas que querrías quedarte ahí para siempre, o si no para siempre, al menos hasta que se arruguen tus dedos, como cuando eras niña. Y sales y te miras de nuevo en el espejo, empañado del vaho. Peine, dientes, crema, desodorante. Último vistazo y el tráfico sigue en la radio. Llegas a la habitación y te vistes, buscas el bolso negro debajo de una montaña de ropa. Buscas los zapatos y encuentras las deportivas. Me las pongo, piensas. Pero no puedes, la política de empresa. Y te sientas en la cama con tus deportivas en la mano, gastadas de cafetería de facultad, de fiesta de jueves y que ya sólo ven la luz del día y la noche los fines de semana y preguntas qué ha pasado, que no te has dado cuenta. Y en la radio sigue lloviendo.

