lunes, 8 de marzo de 2010

Por la mañana

Hay veces que una piensa que la locura se cierne sobre ella y que cuando aterrice del todo la va a liar parda. Esto en una ciudad como la que vivo sucede más veces de las que puedo contar. Hay mañanas en que una sale del metro y ve como una marabunta de ñus asilvestrados se le viene encima y sólo puede encogerse, hacerse una bola y esperar que pasen los salvajes para poder subir las escaleras mecánicas camino del trabajo y dar gracias a quien sea por seguir viva.

Hoy no era una de esas mañanas. Hoy yo era Rambo y el metro Vietnam. Y cuando un desaprensivo me pegó tal empujón que si lo ve mi madre lo denuncia, yo me di la vuelta y le insulté. Él no me oyó, pero yo le insulté. Le habría pegado. Habría sacado al hooligan que llevo dentro y le habría pateado el estómago al grito de “¿qué? ¿te gustan los empujones? ¿te gustan?” pero mi código ético no me lo permite y además me habría manchado de sangre los zapatos. Por eso el insulto fue mi arma. En alto, para que se enterase. Porque amiguitos, la violencia no sirve de nada, pero una se queda mucho más tranquila si de vez en cuando insulta al que se lo merece.

La teoría del insulto es la misma que la del cotilleo: ¿está bien? No. Pero ¿y lo a gusto que te quedas? ¿Es que eso no cuenta? Pues el insulto controlado tiene el mismo efecto placebo. No sirve para nada, pero te quedas más tranquila. Yo, por si acaso, después del insulto apuré el paso para esconderme con los demás ñus. No vaya a ser que el energúmeno se dé por aludido y me responda. No es cobardía, es prudencia.

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